HOLAN Y EL DESAFÍO DE VOLVER A SER

Allá por principios del 2017, cuando Ariel Holan asumió en Independiente, su idea futbolística contemplaba la formación de un equipo protagonista a través de la posesión del balón y practicando un ataque posicional a imagen y semejanza de su mejor versión en Defensa y Justicia. Para tal fin, uno de los refuerzos que pidió, luego de pasar la escoba en un plantel con muchos caciques que ya no rendían en la cancha, fue Walter Erviti, quien iba a ser justamente el abanderado del toque y circulación pretendido por el DT. A poco de comenzado aquel primer semestre del 2017, Holan advirtió que las características de los jugadores pedían otro juego. Menos pausa y control; más vértigo y explosión. Por las bandas contaba con dos laterales como Bustos y Tagliafico que desbordaban sin parar y del medio hacia adelante se encontró con un Torito Rodríguez que recuperaba y tocaba rápido para los Rigoni, Meza, Barco y Benítez, todos con muchas ganas de pisarla y encarar. A ellos se les sumaba la potencia de Gigliotti para aprovechar los espacios y finalizar los ataques. Como lo reconoció después el propio Erviti (“El técnico debió adaptarse y yo no entraba en esa idea”), Holan apeló al pragmatismo, mostró su inteligencia para modificar su plan de juego inicial y el resultado fue un Independiente letal que terminó ese 2017 dando la vuelta olímpica en el mítico Maracaná desplegando un fútbol de alto vuelo.

Pero ese juego tan dinámico, frenético por momentos onda rock n’ roll, no terminaba de seducir al entrenador, más cómodo por sus convicciones con otro estilo igual de protagónico pero de menor descontrol, más melódico en su sinfonía. Las sucesivas salidas de Rigoni (previo a la consagración en Brasil), Barco, Tagliafico, Torito Rodríguez, Meza y Cía. -todas ventas millonarias potenciadas por el buen trabajo realizado por el DT- sirvieron para que Holan decidiera renovar el plantel no sólo en nombres sino en cuanto a la idea de juego. No fue casual, entonces, que los futbolistas que llegaron para cubrir esos huecos hayan sido jugadores con otras características. Menos verticales y explosivos, más controladores y generadores de juego. Así fueron llegando el chileno Silva, el Tucu Hernández y el ecuatoriano Gaibor. La incorporación de Pablo Pérez también fue en el mismo camino. Incluso la de Silvio Romero, menos contragolpeador que Gigliotti. Salvo Cecilio, más vertical que los otros refuerzos, Independiente modificó su plantel y con ello, su estilo. Brian Romero, Jonathan Menéndez, Gonzalo Verón, Ezequiel Cerutti y Francisco Pizzini llegaron para aportar al juego de los extremos. Porque Holan archivó el 4-2-3-1 para reeditar el 4-3-3.

El problema es que el cambio de estilo no logró el juego ni los resultados esperados. Los nuevos aún no rindieron de acuerdo con las expectativas. En su mayoría, se encuentran en deuda. Y esa pausa que vino para reemplazar a la explosión trajo consigo mayor previsibilidad. Ahí está ahora el nuevo desafío de Holan. Volver a apelar al pragmatismo parece difícil a esta altura porque ya no tiene a aquellos futbolistas que lo llevaron a cambiar la estrategia inicial. Deberá, entonces, recuperar la identidad con los hombres que cuenta en la actualidad porque el campeón de la Sudamericana, por espíritu y estilo de juego, es una partitura que no se puede volver a tocar. La pregunta es: ¿le alcanzará con lo que hoy tiene para volver a ser?

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