Las mujeres hoy hablamos de fútbol, jugamos al fútbol y sentimos el fútbol

La periodista Liliana Caruso, hincha de Independiente, habla de su pasión futbolera luego de que Mauro Viale la descalificara con un comentario machista.

Recién había entrado en la adolescencia cuando tuve mi primer contacto con el fútbol. No fue porque tenía una pelota en los pies. Estaba en el comedor de mi casa haciendo una bandera de más de tres metros para poner en el techo del auto con el que mi hermano viajaría a Córdoba a ver a Independiente.

La actividad nunca la había sentido como el mandato de que las que cosen son las mujeres. En absoluto. Yo sabía que era chica y todavía no me dejaban viajar para ir a ver al club que poco a poco se iba metiendo en mis entrañas. Ese del que tenía un disco de vinilo y del que me aprendía las canciones y su himno para después cantarla en cualquier lugar donde esté.

Un poco antes había deseado ganarme la beca que anualmente daba el CAI a los alumnos de las escuela públicas de Avellaneda y que me permitía hacer algún deporte dentro de la institución, y lógicamente ir a la cancha. Tuve que esperar un tiempo más para entrar a la doble visera, y por supuesto, fue de la mano de mi hermano. Ya era socia cadete. No fuimos solos, estaban mis primos y mis primas. Los amigos y las amigas del barrio. Todos juntos, las chicas y los chicos.

Ir los domingos a la cancha no era una actividad cualquiera. Había y aún hoy existe -excepto que haya una pandemia claro-, todo un ritual: que almorzar temprano, que cortar los papelitos, que ver si llevamos una camiseta o un gorro determinado por cábala, quién pone el auto, a quién pasamos a buscar primero. Y si el viaje es fuera del ámbito de Capital o Provincia, quién se encarga de las entradas en la semana, si pasamos todo el día en esa localidad y vamos a comer a la orilla del río antes del partido, o a qué hora tenemos que estar para llegar y encontrar un buen lugar porque vamos a la cancha que tiene columnas en el medio de la popular.

Toda una ingeniería donde familia y amigos nos vemos involucrados. Y donde ver fútbol, es todo un plan familiar y social. A tal punto, que si hay cumpleaños, casamientos o algún festejo, se calcula -- desde que no hay público visitante-- que no sea cuando Independiente juega de local. ¿Cómo no venís a bailar hoy con nosotras? escuché muchas veces. Pero ya todos conocían mi respuesta. “Al amor fiel y único que no se cambia jamás, no se le falla”.

¿Será como muchos dicen que la afición a este deporte tiene que ver en muchos países con una cuestión geográfica? Claro, yo nací en un barrio donde hay varios clubes deportivos, de actividad social y educativa y además en la ciudad que fue cuna del arbitraje femenino. A mi criterio, no hay que ahondar demasiado.

Liliana Caruso en el club que es su pasión, el Rojo.

Aun sabiendo que el lugar común indicaba hace mucho tiempo que el fútbol era cosa de hombres, mi vida, de otras y otros ronda alrededor del fútbol. Y para ello no existe una diferencia de género. Esas costumbres culturales muy arraigadas se vinieron derribando con el paso del tiempo. Y ya no hay lugar para el debate o búsquedas de razón. Las mujeres ya rompimos el molde arcaico, anaftalinado de creer que son los hombres los que más saben de fútbol.

Las mujeres hoy hablamos de fútbol, jugamos al fútbol y sentimos el fútbol.

Pero la tarea no fue fácil y de hecho hay resabios de esa partida. Si a alguien se le ocurre preguntar por algún partido histórico de la selección argentina contra Inglaterra, seguramente recordarán todos a Diego Armando Maradona y su magia. Y bienvenido que así sea, indiscutible.

Sin embargo lo que hay que saber es que anteriormente habían sido nuestras chicas del fútbol femenino las que primero lograron golear a las inglesas en un mundial. Fue en 1971 cuando 17 mujeres viajaron a México sin ni siquiera botines, entrenador, médicos y masajistas. La proeza de esas futbolistas fue haberles ganado 4 a 1 ante más de 100.000 personas reunidas en el estadio azteca. Gloria “Betty” Garcia, la capitana de ese grupo que jugaba con las zapatillas flechas y con camisetas donadas por un sindicato, fue parte de esa gloria. ¿Por qué será que aún cuesta tanto reconocerlas ?

La Federación Internacional de Fútbol Asociado había contabilizado hasta hace un par de años, a 30 millones de mujeres que en el mundo practican fútbol regularmente en ámbitos federados. Hoy seguro la cifra es mucho más..

Aun así hay muchos que todavía se encaprichan en reconocer que los hombres juegan al fútbol y lo mismo hacen las mujeres. La inclusión de las mujeres ha sido claramente tardía, y salvo algunas honrosas excepciones, hasta inequitativa.

Liliana Caruso con el barbijo del club de sus amores.

Liliana Caruso con el barbijo del club de sus amores.

Pero no es el fútbol un cálculo logarítmico o física cuántica. Es estrategia, inteligencia, habilidad, picardía, es espectáculo, salud, desarrollo corporal y mental, un canal de comunicación, de relación humana. Sabemos que en la actualidad es negocio, es marketing y cuántas veces ha sido el camino para sacar chicas, chicos y familias de la calle. Pero lo único que no juega aquí y en todo esto, es el género.

Para poder hablar y sentir fútbol no es necesario ir detrás de la pelota, hacer gambetas, pararla de pecho siendo número 5 en la mitad de la cancha o tirar un cabezazo afuera como lo haría un buen central para evitar que te metan un gol. El fútbol se puede vivir desde la tribuna, desde el tablón, del cemento o desde una platea.

El fútbol es también, sencillamente, una pasión. y cuando miles de voces se unen para gritar no hay distinción alguna. Salen de gargantas de hombres y mujeres. Se mezclan los abrazos hasta con desconocidos y con los que tenés al lado sin importar más. El fútbol une, no sabe de edad, sexo, formas. Son pieles endemoniadas en todo caso que hacen reír y llorar por igual.

Es el deporte que elude el paso del tiempo, le hace sombrerito a las tablas de posiciones, cuelga del travesaño a la razón. Emociona, irrita, hace sentir adrenalina. Y por eso no sabe si sos hombre o mujer. No hay género para opinar, sentir, y menos, para vivir una pasión.

Por Liliana Caruso para Clarin.com 

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